Camino de la Geira y los Arrieiros
El Camino de la Geira y los Arrieiros es dos caminos en uno, separados por mil años. El primero lo trazó Roma: la Vía Nova, la calzada militar que unía Bracara Augusta con Asturica Augusta a finales del siglo I. Su paso por el Gerês guarda la mayor concentración de miliarios que se conoce en todo el Imperio —columnas de piedra con el nombre del emperador y la distancia hasta Braga, contadas milla a milla—. El caminante pisa la misma piedra que las legiones y lee, en latín, cuánto ha andado.
El segundo camino lo hicieron los arrieros. Cuando el Imperio se fue, la calzada siguió viva como ruta de recuas: mulas cargadas de vino del Ribeiro que subían hacia el norte, arre y arre, por los mismos puertos. De ese oficio le viene al camino la segunda mitad del nombre.
Cruza el Xurés por la Portela do Homem, baja a las termas de Riocaldo —la mansio romana de las aguas—, pasa Lobios y, ya en el Ribeiro, cruza el Miño en Ribadavia, la capital del vino que cargaban los arrieiros. De ahí sube a los Montes do Testeiro y baja a Santiago por la Terra de Montes: no toma prestado ningún otro camino, llega por su cuenta. Es el camino del agua caliente y de la piedra miliaria, del legionario y del arriero, de una vía que nunca dejó de usarse.
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Del latín Bracara Augusta, «la Bracara de Augusto»: el nombre del pueblo prerromano de los brácaros unido al del emperador que fundó la ciudad. Braga es la contracción de Bracara.
Del latín portella, diminutivo de porta: «el portillo», el paso bajo que abre la sierra del Gerês; seguido de do Homem, «del río Homem», cuyo valle sube el camino.
El río Caldo, del latín calidus «caliente», por sus aguas termales; los baños son los de la mansio romana de la Vía Nova, leída durante siglos como Aquis Originis.
No es «lobo». Lobios es el plural de lobio —el emparrado, la parra elevada sobre el camino—, del germánico *laubja «cobertizo, galería». Ya el padre Sarmiento lo aclaró en 1754.
Del latín corticata, sobre cortex «corteza»; el sentido se discute —«lo cubierto de corteza», un cerramiento, o un lugar de descortezar—. Ya Plinio nombró una insula Corticata.
Del latín ripa Aviae, «la ribera del Avia»: la villa en la confluencia del río Avia con el Miño. Avia es hidrónimo prerromano, de la vieja raíz del agua *av-.
Pazos, del latín palatium «palacio, casa señorial» —el pazo gallego—; Arenteiro, del río, antiguo Argentarium, «el de plata», por sus arenas plateadas.
Topónimo de posesor: del genitivo del antropónimo germánico Viaricus, «(la villa) de Viarico». Es uno de los muchos nombres gallegos en -riz que fijan al dueño de una vieja explotación.
Fitotopónimo: del codeso —el arbusto Adenocarpus— más el sufijo colectivo -eda (del latín -eta): «el codesal», el lugar donde abundan los codesos.
Santiago del latín Sanctus Iacobus, «Santo Jacobo». Compostela tiene dos lecturas: la erudita, del latín compositum «cementerio» (de componere «sepultar»); la popular, alentada por la leyenda jacobea, lee Campus Stellae «campo de la estrella», por los astros que en el siglo IX señalaron al obispo Teodomiro el sepulcro del apóstol.
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